De la provincia a la capital Exogeno

Camilo Pineda | Oct. 26, 2016, 3:50 p.m.


Muy difícil. Así fue la despedida el día que dejé mi ciudad natal.
-Te amamos. Dentro de poquito tiempo nos vemos.
Eso me dijeron mis papás para reconfortarme y hacerme sentir mejor. Yo me hice el fuerte y no lloré, pero mi mamá llora viendo despegar un avión de carga. No es fácil pasar de vivir en una ciudad de 600 000 habitantes a una de 9 millones. En Pereira tengo carro, todo queda cerca, no hay trancones y la vida es más relajada. Pero en Bogotá la cosa es más complicada, y cuando, aparte de ser provinciano, eres primíparo, ni se diga.

Yo nunca había cogido bus en mi vida, y eso acá es un deporte extremo, adrenalina al cien por ciento. Llegas a la universidad, primer día de clase, te pones la mejor pinta que tienes, grave error, te delataste, primíparo. Te inscribiste en una universidad que tiene bloques de la A a la Z y hasta combinaciones de letras. Tienes clase en el Pu. ¿En el qué? En el Pu. Pero tú no vas a hacer la primiparada de preguntar dónde es eso. Entonces te acuerdas que tienes un mapa gigante que te dieron en la inducción, lo sacas, segundo error, primíparo. Luego de ir hasta la caneca, encuentras el Pu y ves a tus nuevos compañeros economistas. Te sientas al lado de la más linda del salón para probar suerte. Pero tú nunca has sido bueno para entablar conversaciones y haces la pregunta más inteligente de tu vida
-¿Y tú estudias economía?
Empezaste mal.
De repente, ella te pregunta:
-¿Me prestas un esfero?
-¿Un qué?
-Un esfero para escribir.
-Ah, pues tengo un lapicero si te sirve.
-¿Un qué?
-Un lapicero.
Primer choque cultural del día. Llegas a tu casa luego de hacer la fila que llega hasta el SD para coger el 18-3 y un trancón monumental por la séptima. Cuando crees que por fin el día se ha acabado, te das cuenta que no has comido y tienes que cocinar. Pero tú sólo sabes preparar cereal con leche y no tienes idea ni de prender una estufa. Finalmente, logras asar una arepa, le pones jamón y queso y te sientes el nuevo Master Chef.

Tus nuevos amigos te invitaron a rumbear, o cómo dirían los rolos “te vas de farra” a la 85. Te sientes súper orgulloso porque ya tienes cédula y estás con el ego por las nubes. Sales con 50 mil pesos porque obviamente en tu cabeza provinciana con eso alcanza y te sobra. Sin embargo, el taxi de ida te cuesta 12 mil pesos, golpe bajo. Entras a la discoteca y el cover es de 20 mil.
-¿De cuánto?
Tragas saliva. Pero no importa, la rumba está muy buena y quieres tomar. La botella de aguardiente cuesta 120 mil.
-¿Cuánto?
Empiezas a hacer cuentas y sabes que sólo te queda para el taxi de vuelta.
-No yo paso, es que estoy tomando antibióticos.

Por último, luego de 4 semestres en Bogotá he aprendido a vivir como un capitalino, a salir con tiempo, con plata suficiente y con sombrilla. Mi vida ha cambiado por completo, me he vuelto más autónomo, más independiente y más responsable. Me siento feliz y orgulloso de poder estudiar en la mejor universidad del país, de conocer gente maravillosa y de vivir experiencias nuevas. Sin embargo, cada 2 meses, cuando vuelvo a aterrizar en la tierra que me vio nacer y veo a mi familia, me lleno de emoción y aprovecho ese tiempo preciado al máximo. En ese momento es cuando más orgulloso me siento de decir lapicero y sacapuntas.